Simpático y ocurrente, espontáneo y versátil, dueño de una memoria que
puede eclipsar a una platea, Pablo Valdez aceptó el desafío: hablar de su vida,
su compromiso por rescatar parte de nuestro pasado histórico y el sentimiento
que lo une a Guichón, la ciudad que lo adoptó, según él para siempre.
Atrapado por la historia, recordó que «todo surgió a partir de unos
artículos que mi padre escribió sobre los últimos Charrúas». «A veces cuando
somos jóvenes no prestamos atención y no profundizamos sobre ciertos capítulos
de nuestra historia y después la valoramos cuando ya no tenemos oportunidad de
analizarlas a fondo», lamentó.
Valdez se vinculó al grupo Creativos, fortalecido con el Club de
Uruguay Canoas y la Liga del Trabajo de Guichón. «Comenzamos a investigar,
hurgar y así visitar a las escuelas, procurando estimular a los más pequeños en
cosas que son nuestras, que están ahí y que forman parte de nuestro rico pasado
histórico. Inicialmente trabajamos sobre Salsipuedes y en la recordación a la
masacre que se ejecutó en la zona, pues esta parte del territorio nacional marcó
capítulos muy fuertes de la historia nacional», dijo.
Algunos de ellos no los cuentan los libros y son justamente esos los
que lo marcaron y le interesan. Por ejemplo, que su padre le contaba acerca de
un convento en Durazno donde le enseñaban a rezar el Rosario a indígenas
chiquitas que estaban en el lugar. «Cuando decían ‘es el fruto de tu vientre,
Jesús’, y pronunciaban la palabra fruto, las pequeñas lloraban exclamando:
‘¡fruto no, fruto no!’, porque con esa palabra denominaban a Fructuoso Rivera en
el lenguaje popular».
Por
casualidad
Nacido en Montevideo vino a Paysandú «por casualidad» una vez que
terminó de estudiar. Trabajaba en almacenes de unos parientes de la empresa
Peschera y Compañía, en la zona de las barracas, por la calle Valparaíso de la
capital. «Trabajé en los escritorios durante un año. Como ellos tenían campos en
Flores, trabajé un año en la estancia El Ombú, en el kilómetro 121 —lo que
conocemos actualmente como trazado de la Ruta 3— porque en aquellos tiempos la
ruta estaba hecha por tramos y no como la conocemos ahora», comentó. Hasta que
junto a un amigo, cuyo padre tenía taxi, se les ocurrió comprar un
camión.
«La idea era trabajar en la concesión del aeropuerto de Carrasco,
pero resultó que como recién había terminado la Segunda Guerra mundial,
demoraban mucho las entregas. Al camión se lo compramos a Espósito S.A.;
teníamos que señarlo y estaba previsto que demorara unos meses pero recién llegó
al año. Por eso cuando llegó el camión ya no existía el trabajo en el
aeropuerto. Finalmente estuvimos trabajando para una empresa de nombre Gil -
Barrios, transportando arena, pero era un trabajo discontinuo, que no nos
rendía. Y mi amigo que era más decidido, aprovechando que el país comenzaba a
vivir un florecimiento económico posguerra, habló con otra empresa dedicada a la
construcción de carreteras», detalló.
Ese proceso fue el que lo acercó a Guichón, donde —le habían pasado
el dato— «había trabajo de sol a sol en la carretera hasta Algorta». «Tuvimos
que acudir a un mapa, porque podría haber sido Velásquez, Curtinas, no teníamos
ni idea. Así nos contrataron, cargamos el camión con materiales, pasamos por
Mercedes, donde todavía no existía el puente. Cruzamos en balsa y después
emprendimos el camino hacia Guichón, que era verdaderamente una odisea»,
recordó.
Cautivado por
el paisaje
Confiesa que se sintió rápidamente atrapado por el paisaje, su gente
y el ritmo de vida de la ahora segunda ciudad del departamento. Todo era
sencillo en un Guichón que por 1947 era un pueblito. Instalado allí comenzó a
relacionarse y durante varios años tuvieron mucho trabajo en caminería con el
camión con volcadora. «En 1950 conocí a quien es mi esposa hoy, Corina Gutiérrez
y con un hermano que era muy afecto a la mecánica nos hicimos socios. Había
mucho trabajo por aquel entonces», aseguró. Un remolque y un camión le dieron
vida a una pequeña empresa de transporte de materiales para la construcción de
caminería. Después se hizo piloto civil y volaba en el Aero Club de Guichón,
donde llegó a haber cuatro aeronaves. «A esa altura ya contaba con una empresa
de varios camiones y estaba completamente arraigado a la zona»,
reafirmó.
También tuvo a su cargo la agencia del Banco Hipotecario, y allí
comenzó su relación con el Instituto Nacional de Colonización, que se formó a
través del Departamento de Tierra del BHU. «Estaba a cargo de las gestiones para
los colonos y después me contrataron en Colonización como administrativo. Allí
me desempeñé como efectivo durante más de treinta años», detalló.
Paralelamente tuvo a su cargo la agencia de Onda y un escritorio
comercial. «Nunca pensé en volver a Montevideo. Es más, tengo aberración por la
capital», aseguró para concluir el diálogo.
Diciembre de
festejos
El interior del departamento asiste, también este mes, a destacados
acontecimientos sociales y culturales, que se verán coronados éste y el próximo
fin de semana con la realización de la 19ª Fiesta de la Madera en Piedras
Coloradas, los festejos de los cien años de la escuela 34 de Puntas de
Buricayupí y la 11ª edición de la Fiesta de la Integración en Tambores. Todas
estas actividades generan un intenso movimiento en las distintas zonas,
estimulado por el entusiasmo de quienes gustan compartir encuentros con estas
comunidades rurales.
Hoy comienza uno de los festivales referentes en la zona de Ruta 90,
como lo es la Fiesta de la Madera, que a partir de las 19 y 30 ofrecerá un
desfile inau-gural, la actuación de comparsa «Los Diablos», de Orgoroso y de la
banda municipal «José Debali», para culminar la parte artística con el grupo
«Sur Canto». Seguidamente el baile contará con el show de «La W» y «Qué
Banda».
La propuesta se extiende hasta el domingo.
En tanto, mañana sábado desde las 19 y 30 la escuela 34 de Buricayupí
festejará su centenario con un acto en que padres y niños serán protagonistas y
además será inaugurado el rincón infantil. Parte de los festejos estarán
amenizados por «Fusión Cinco» y la actuación especial de Braulio López.
Promediando la noche habrá asado criollo y torta, que culminará con un gran
baile. Por su parte, desde el próximo miércoles 12 hasta el domingo 16
inclusive, Tambores y su zona disfrutarán la onceava edición de la Fiesta de la
Integración, en la que la comunidad de la villa, en su territorio compartido
entre Tacua-rembó y Paysandú, renovará su condición de mostrar el fuerte
protagonismo de su gente.
Sin dudas se trata de tres acontecimientos sociales que permitirán el
ameno encuentro de gente de comunidades que no tiene muchas otras posibilidades
de confraternizar.